Las metáforas de Ednodio Quintero.

Juan Carlos Chirinos

Talavera de la Reina, 7 de junio de 2004


A veces las palabras pueden acabar con nosotros. Bueno, a veces no: siempre. Antes de la bala, palabra ya ha hecho ¡pum! y ha destrozado nuestra cabeza. Antes de la bomba en el compartimiento de las maletas, las palabras ya han destrozados las vías férreas, dejando sin esperanza a los probables pasajeros. Los hechos en sí, la explosión, el disparo, la bofetada, no son sino las manifestaciones físicas de lo que las palabras ya nos habían perfilado, augurado. En nuestro universo simbólico —no es posible agarrar una cosa si no conocemos su nombre— estamos constantemente bajo el riesgo de ser arrollados por nuestras propias palabras. Como Martín, uno de los tres protagonistas de Mariana y los comanches, la novela de Ednodio Quintero que nos convoca aquí esta tarde.

Martín escribe desde Atenas una carta a su amigo Edmundo (el narrador de la novela, el que nos introduce en este universo nuevo y reconocible a la vez), y lo primero que le cuenta es que casi es atropellado, por su descuido, por un camión de mudanzas, que en griego se dice metáphora. La ambigüedad está planteada: un venezolano que se aleja de su país, que muda de ciudad, casi muere por un vehículo cargado con los objetos que simbolizan su viaje: el camión de las metáforas se lo llevará por delante si no pone un poco de atención. El autor, a través de su testaferro el narrador, ha intentado un personajicidio, quizás para enseñarnos a nosotros sus lectores, que en nuestra vida nos acecha un camión de metáforas, un cargamento de palabras que es nuestro futuro, nuestra seguridad, nuestra vejez o nuestra muerte. Somos esclavos de lo que decimos y amos de lo que callamos, dice el viejo refrán.

De hecho, el tercer personaje protagonista de esta historia, Mariana, completa un trío que le sirve a Quintero de triángulo de la vida para crear un universo que, particularmente a mí, me pareció posible ubicar geográficamente, a pesar de que la lección de Daniel Defoe, Thomas Mann, Juan Rulfo, Ernesto Sábato y Gabriel García Márquez ya nos ha enseñado a desconfiar de los mapas literarios. Tlön no existe, a pesar de que Borges se empeñara en demostrarnos que sí.

Bien, pues Mariana es al mismo tiempo personaje de una probable e inédita novela y mujer misteriosa que, como nudo gordiano del deseo, junta a los otros dos en una misteriosa, deliciosa partida de ajedrez que no consiste en vencer al contrincante sino en entenderlo. Toda la sensualidad de este personaje doble, doblado (¿acaso es Mariana, a un tiempo, Edmundo y Martín?) se resume en una hermosa escena donde la chica baila y despliega toda la belleza que un cuerpo puede atesorar.

Las palabras de la novela nos atrapan y nos hacen desear la sensualidad que en ellas habita; quizás aquí reside el mayor logro de la novela de Ednodio y, dicho sea de paso, de toda su obra anterior: cogemos el libro y creemos que somos nosotros los que leemos cuando en realidad lo que está ocurriendo es que las palabras se levantan del papel y nos contaminan. Como en aquella canción que cantaba Celia Cruz: “tu voz se adentró en mi ser y la tengo presa...”.

He leído hasta aquí y no me he atrevido siquiera a trazar un esbozo anecdótico de Mariana y los comanches, y creo que ha sido a propósito: mi intención es despertar el mismo deseo que me ha traído a mí esta tarde ante vosotros: el deseo de leer, de saber más de este triángulo amoroso formado por Martín, Edmundo y Mariana y que los espere, al pasar cualquiera de sus páginas, la certeza de que ya no se trata de un triángulo sino de un cuadrado amoroso donde el lector también sufre las penas del amor verbal. Me robo las palabras escuchadas alguna vez y repito: leer la novela de Ednodio me ha proporcionado uno de esos impagables momentos de íntimo placer que sólo se pueden disfrutar mirando las palabras impresas. Gracias.

Publicado en elmeollo.net

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